
Hace algunos años, cuando estudiaba en el instituto, mi profesor de biología reprendió a un compañero porque estaba comiendo un chicle y, si bien no lo teníamos prohibido, si que nos comentó lo mal que hacíamos al comer chicle.
El profesor nos explicó que al masticar el chicle lo que hacemos es producir saliva y activar el sistema digestivo de modo que, en el estómago, comenzaban a segregarse los líquidos corrosivos y, si éste está vacío, ese “ácido” podía hacer daño a las paredes del estómago.
Creo que fue eso mismo lo que hizo que en su clase nadie comiera chicle y también se redujo el consumo del chicle en toda la clase, quizás porque algo de razón llevaba.